Lunes 20 de noviembre, 2017.

Queridos Colores,

Son pocas las ocasiones en las que he tenido la suerte de estar en lugares, donde la mano del ser occidental no ha intervenido por completo la vida cotidiana. 

La experiencia neoliberal suele desarrollar ambientes de escasez y competencia. Es común interactuar dentro de organizaciones donde las jerarquías, las decisiones y la disposición de recursos, son aspectos a tomar en cuenta para la “adecuada” movilización de la gestión. 

El fin de semana pasado, tuve la oportunidad de trascender el manto opresor con el que el neoliberalismo limita y envuelve el funcionamiento colectivo. Pude atravesar kilómetros de terracería a través de los cerros de un paisaje prístino para aterrizar lejos de la prisa cotidiana. Me transporte al tiempo sin tiempo. 

Cecilio compartió conmigo el espacio sagrado de los Guarijíos.

Múltiples realidades atraviesan el cotidiano de los hermanes Guarijíos. Su futuro esta lleno de incertidumbre. Corren riesgo de desaparecer. Resisten los embates que la dinámica capital sostiene sobre su ambiente. 

El tablero del poder concibe su espacio geográfico, rico como lo es, a un costado del Rio Mayo, como uno más a ocupar y aprovechar para nutrir intereses privados. Mas allá de todas las situaciones de riesgos y violencia sistémica que envuelven la dinámica socioecológica Guarijía, la cultura en su centro guarda gran conocimiento. 

La interacción en el lugar me permitió experimentar sensaciones que rindieron al ego, llenaron de alegría el corazón y al espíritu de fuerza. 

Me encontraba respirando profundamente, disfrutando la experiencia sensorial del agua helada con la brisa fresca entreverándose al Sol…

*          *          *

A lo lejos, se escuchan chacoteos con el agua y el viento. Cecilio juega en el río. Corre a toda velocidad por la orilla arenosa y se lanza como delfín para sumergirse en el agua. Se que ha advertido mi presencia. Al mismo son de gozo y diversión, se acerca cauteloso. 

Pasa corriendo cerca de mí con la sonrisa bien peinada; carcajeándose. Quizás de mí, quizás conmigo. Me embarga una sensación de nostalgia profunda. 

Siento vergüenza de muchos de mis actos; siento una profunda necesidad de pedir perdón; de reconocer la inconciencia que practico en actos cotidianos que destruyen y lastiman el lugar sagrado donde vivo. Pido guía al gran Espíritu. 

Siento el abrazo de madre Tierra. Siento el calor de Sol padre. Me sumerjo por completo en el agua helada para salir del trance. 

Mantenerme presente es prioridad. Sentí el impulso de correr hacía él para iniciar una conversación. 

Afortunadamente, pude contenerme. Elegí acostarme en la playa; secarme al sol. Cuando me incorporé, Cecilio estaba sentado atrás de mí. 

Me paré y giré lentamente hacia el. Lo salude. “¿Quiúbole?” al tiempo que levantaba la mano para saludarlo. Respondió al saludo con una sonrisa. 

“¿Me puedo acercar?” Asintió moviendo el rostro de arriba abajo. En silencio tomo asiento a su derecha. Lanzo mi tercer pregunta. 

“¿Cuál es tu nombre?” Por fin conozco su voz. “¿Podemos conversar un momento?” Con una sonrisa honesta, mirando en dirección a la montaña responde claro: “No.” Permanezco sentado a su lado respirando, agradecido. 

En ese momento resultó sencillo reparar en el milagro de la vida, en el misterio del universo, en la bondad del gran espíritu. En silencio me levanto a respirar con movimiento. Cierro los ojos. 

Danzo horadando los límites de la fantarealidad. Me deslizo entre una dimensión y otra. De pronto ya no soy yo, de pronto solo soy. 

La respiración me lleva; se altera, se calma, se siente, se alimenta, se goza. El agua helada me hace sentir vivo. Me seco al sol. Decido dibujar en la arena; me divierto. Entro y salgo al agua, repito el ciclo. 

Me fui, quien sabe a donde. Cuando regrese, Cecilio seguía igual de sonriente, disfrutando el presente.

Algo me dice que comience a emprender la retirada, me despido. 

Agradezco a Cecilio compartir espacio, tiempo e intención. Le hago saber que me siento honrado de ser bien recibido en su comunidad. 

Le comparto mi deseo de regresar; pregunto. “¿Estaría bien si vuelvo?”. Me responde “Si.”

Cambio el sentido de la pregunta, es importante saber. “¿Hay algún problema en que yo vuelva?” Sonriente me dice que no. Por último pregunto, “¿Podemos tomarnos una fotografía?”

*          *          *

De regreso al campamento, resuenan las palabras que el maestro Alejandro Aguilar compartió unas horas antes en ese mismo río, “Las cosas que ellos saben, nosotros las hemos ignorado por completo” (2017). 

El esfuerzo de intencionalmente aprender, experimentar y practicar la permacultura es un esfuerzo consciente por honrar y reconocer nuestro origen. 

La identidad que tenemos como humanes, se fortalece en la medida en que somos capaces de reconocernos uno mismo con nuestros semejantes y los demás elementos que integran el sistema socioecológico que llamamos Tierra. 

La singularidad es ajena a la comprensión subjetiva, fragmentada, limitada e inconclusa que cualquier persona o modelo pueda ofrecer, incluido el neoliberalismo. 

En cualquier caso, es vital cuestionar permanentemente para reconocer alternativas de adaptación.

¿Qué valor reconocen las culturas milenarias en honrar y reconocer su origen? ¿Qué valor tiene tiene para el funcionamiento colectivo advertir la interconectividad y la interdependencia que existe entre eso que llamo “Yo” y “lo demás”? 

Dentro del patrimonio cultural de la humanidad, se cuentan todos los saberes, todas las conciencias, todas las creencias y certezas que modelan y moldean la realidad que cotidianamente experimentamos. 

De ahí la prioridad de conservar y cultivar las culturas que llevan por lo menos dos milenios (Vélez y Harris 2004) sobreviviendo a experiencias de cambios abruptos y experiencias inadvertidas como la que representa el calentamiento contemporáneo del planeta.

He sido informado sobre algunas de las acciones que ya se cocinan en nuestra red. Veo con emoción el futuro, con la certeza de que habremos de colaborar y servir codo a codo en la regeneración de nuestra Tierra y nuestra convivencia. 

La vida libre de una colectivo organizado e integrado por personas autodeterminadas, descansa sobre la autosuficiencia hídrica, alimentaria, energética que sus integrantes sean capaces de generarse a sí mismos. 

Saludo todos los esfuerzos que apunten en esa dirección y me manifiesto listo para sumarme a la labor.

Gracias a todas las que con el registro de su experiencia suman a la reconstrucción de los nuevos modos. 

Gracias a todos los que con sus cuestionamientos fomentan la búsqueda y creación de nuevas formas de vivir. 

Son los frutos de la sincronía entre tradiciones antiguas y prácticas contemporáneas los que habrán de sostener el camino hacia la paz, la abundancia y el bienestar de la civilización. 

Gracias a todos los que con su arte inspiran, enamoran e incentivan la mitología, la exageración de la utopía. 

Celebro nuestro encuentro y lanzo una oración al viento para qué florezca un lazo de amistad profundo entre nuestras almas, entre nuestras personas, colectivos, ciudades, naciones y espacios geográficos enteros, para unirnos con el propósito de crearnos una vida digna entre todas, para todas.

El coyote